Maravillas de Colombia II: Guatapé y Catedral de sal

Después de haber hablado mucho de mi viaje a Colombia creo que con este post cierro el ciclo abierto un martes de junio en el muelle de Cartagena. Por lo menos hasta la próxima visita. En estas semanas he hablado de amistades viajeras grabadas en las paredes, narrado las desventuras que viví con Javi en el Parque Tayrona, declarado públicamente mis sentimientos hacia el barrio de Getsemaní e intentado poner por escrito lo que experimenté delante de otras maravillas de Colombia como el pueblo de Barichara y el Valle de Cocora. Esta última entrada continúa la mini serie de “Maravillas” que más me han impactado. Hoy toca hablar del pueblo de Guatapé y de primera maravilla oficial del país, la Catedral de Sal de Zipaquirá.

El pueblo de Guatapé se ubica a una altura de casi 2’000 metros a la orilla del embalse Peñol-Guatapé en Antioquia, a unas dos horas de Medellín. Guatapé tiene tres características muy interesantes, dos de ellas lo han convertido en un curioso destino turístico, no solo a nivel regional sino de toda Colombia. La primera son los dibujos y las pinturas que decoran todas las casitas del pueblo. Una verdadera y singularísima explosión cromática que me obligó a sacarle foto a todo lo que veía. A la altura de la tercera casa Javi ya estaba desesperado. Cada casa presenta un dibujo diferente en su zócalo, símbolos muy sencillos, nada muy rebuscado: un sol, unos triángulos e incluso unas motos y unos buses. Honestamente no conozco los orígenes exactos de esta  tradición, pero al parecer la decoración de los zócalos se empezó en los años 20 del siglo pasado y poco a poco fueron cubriendo el pueblo entero. Algunos símbolos podrían hacer referencia a la historia de Guatapé y de sus habitantes, otros parecen tener la única pretensión de embellecer el lugar. Tarea llevada a cabo a la perfección, que quede claro.

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El segundo motivo que empuja el viajero hasta aquí es el imponente Peñol que parece vigilar el pueblo. Se trata de una inmensa roca con una gran cicatriz que la atraviesa desde el suelo hasta la cima, doscientos metros más arriba. O, si preferís, desde el escalón número uno hasta el 700 y pico del mirador que domina todo el embalse. El monolito fue escalado por primera vez en el año 1954 y entonces empezaron las obras de constricción de la cicatriz, una empinada escalera. Es asombroso imaginarse el trabajo que llevaron a cabo los obreros que le dieron forma. Desde lejos, es imposible no fijarse en la palabra “GI” pintada (o escalfada, no sé) en la piel del Peñol. Eso no es nada más que un intento de escribir la palabra “GUATAPÉ” en la roca negra, sin embargo, llegados a “GI” el gobierno prohibió cualquier tipo de modifica al estado original de Peñol.

peñol guatapé embalse guatapé peñol

Para terminar mi relato sobre Guatapé os desvelo también la última característica, que es más bien un secreto a voces. No comáis la famosa bandeja paisa en Guatapé. Aunque se encuentre en territorio paisa y todos los restaurantes la anuncien con letras grandes en sus menús, el hecho de ser un importante destino turístico hizo curiosamente aumentar el precio y achicar la bandeja. Nosotros caímos en la trampa como si no hubiéramos viajado nunca.

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Desde la plaza de la ciudad se vislumbra, ya metida un poco en la montaña, el exterior de la Catedral de Sal. Desde cualquier punto de Zipaquirá se puede reconocer el lugar donde el hombre se puso a jugar con las entrañas de la naturaleza para moldear en ella lo impensable. El sitio es una verdadera atracción y además de la catedral misma, el visitante puede elegir entre pagar mucho o muchísimo dinero para visitar además del templo religioso otros museos y exposiciones incluidos en el Parque de sal. Pues sí, el ticket es caro, pero no es la primera vez en Colombia que nos damos cuenta de eso, ya en el Parque Tayrona nos quedamos muy sorprendidos por el coste excesivo de la entrada. Sin embargo, pagamos y empezamos el recorrido, el clásico camino de las minas, recto y ligeramente cuesta abajo que penetra la montaña. Todo está cubierto de sal. Antes de llegar a la Catedral hay que pasar por una vía crucis subterránea y azul. Así, al lado del recorrido se abren trece plazoletas en las que las cruces talladas en la piedra se van simbólicamente enterrando en el suelo capítulo tras capítulo. Además de eso, llama la atención el singularísimo juego visual que provocado por la oscuridad y la escasa luz artificial. Las etapas de Jesús ya de por sí valen la subida a pie desde el centro de la ciudad.

catedral de sal cruz catedral de sal

Superada la última cruz, nos ganamos una primera vista de la parte principal de la catedral desde el balcón donde suele estar el órgano. Entonces ya se te olvida el precio de la entrada y no puedes no quedarte impresionado por el panorama. La iglesia tiene la clásica forma de cruz con una enorme nave central con sus banquillos que alcanzan el también enorme crucifijo puesto detrás del altar. Impresionante es la palabra exacta, ¡una Catedral hecha de sal!, y lo es aún más teniendo en cuenta que todo este complejo arquitectónico se encuentra a 183 metros debajo de la tierra. No por nada ha sido nombrada primera maravilla de Colombia. El recorrido sigue hasta llegar a pisar de verdad el suelo de la catedral. Acercándose al crucifijo nos espera otra sorpresa, la escultura no es lo que parece desde lejos, sino que está esculpido en la pared. Prácticamente no es una pieza suelta sino una cuenca en la sal.  El efecto óptico es excepcional. Paseando a casi doscientos metros bajo el suelo nos damos cuenta también de lo grande que resulta ser toda la mina, un sinfín de laberínticas galería oscuras. En el mundo hay solamente tres catedrales de sal parecidas y esta, las otras dos, más antiguas, se encuentran en Polonia. En otra mina en los alrededores de Zipaquirá, que es evidentemente un importante productor de sal, hay una pequeña capilla esculpida en la sal.

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Ya voy terminando de ordenar mis recuerdos colombianos. Guatapé y la Catedral de Zipaquirá se suman por sus muchos meritos al tren de las maravillas presentes en esta tierra sudamericana. Las semanas que pasé en Colombia me permitieron visitar muchos sitios bonitos, pero sin duda hace falta mucho más tiempo, quizás toda una vida, para llegar a conocer y disfrutar de todos los lugares destacables que existen en el país. Mucho me falta por ver, pero sin embargo no faltan las ganas de volver pronto. En fin, pensándolo bien creo que merecerían un post también los días pasados en buenísima compañía en Bogotá y de acampada por Cundinamarca o la visita a la ciudad de Medellín. Ya veremos, tal vez esta no sea realmente la última vez que me oiréis hablar de Colombia.

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