Es impresionante pensar en como el futuro esté tan metido siempre en nuestro presente. Ya en los tiempos de la secundaria tenía unos compañeros que tenían muy claro lo que iban a hacer – y ser – cuando fueran adultos. Yo no tenía ni la más mínima idea. Por aquel entonces debería haber descartado ya ser un futbolista rico y famoso, no estoy del todo seguro, pero creo que sí. En el instituto cambiaron todos mis compañeros de clase, pero también ahí algunos lo tenían clarísimo: enfermeros, abogados, profesores; incluso algunos se negaban a abandonar el sueño del futbolista. Yo seguía sin tener la más mínima idea. Luego vino el primer gran viaje –seis meses entre Estados Unidos, Canadá y México – y entré en la facultad de Letras para estudiar Italiano e historia (solamente después empecé con el español). Bueno, en la universidad ya estás estudiando lo que de verdad te gusta e inspira (o debería ser así), ¿no? Pero yo seguía sin tener un plan definido para el “después”. Mis compañeros se preparaban a ser médicos, geólogos, historiadores, profesores, otros se dieron cuenta de que la facultad no era lo suyo y cambiaron de plan y se han hecho mecánicos, informáticos, etc. Cada uno se movía en una dirección, como en la típica escena de película en la que el protagonista se queda parado en el centro de la pantalla y un montón de gente va corriendo de un lado para otro. No es que yo estuviera realmente parado, pero la sensación a veces era la misma. Siempre me sorprendieron positivamente los que lo tenían todo tan claro y sabían lo que querían hacer, en cambio, no entiendo la forma de sobre vivir de los que se han dejado llevar y se pasan la vida conformándose.
Cuando durante el verano de 2009 me fui dos meses a Sudamérica – para tomar parte en un proyecto de voluntariado en Montevideo, antes, y ver el norte de Argentina, después -. me di cuenta de que algo estaba cambiando en mi forma de ser. De hecho, unos meses más tarde me di cuenta de que aquellos habían sido mis verdaderos primeros pasos en dos mundos que descubrí amar: el de los mochileros y el de la cooperación y desarrollo. El curso siguiente terminé la carrera y decidí empezar un Máster. Sin embargo, el bicho ya me había picado y el virus se iba expandiendo dentro de mí. Me gustaba mucho lo que estudiaba pero como ya comenté en otro post no me la sentía de meterme en una biblioteca durante años, y tampoco estaba listo para sentarme detrás de una cátedra de colegio o instituto para dar clase hasta la jubilación. ¡No señor! Entonces surgió la posibilidad de ir a dar clase durante unos meses, en parte como voluntario, en Nicaragua y acepté encantado. Esa fue una de las experiencias más fuertes de mi vida. Nicaragua me permitió también volver a cargar la mochila al hombro y disfrutar más de ese otro fantástico mundo de buses rotos, carreteras polvorientas y comida callejera. En unos meses me iré a Hungría, siempre para dar clases de español y seguir aprendiendo viajando.
Nunca he sabido qué iba a ser cuando fuera adulto, ni siquiera ahora sé si ya soy adulto o no, pero algo cada vez más concreto como un proyecto y maravillo como un sueño está tomando forma en mi mente. No sé lo que verá después de los meses que pasaré en el norte de Hungría, pero me encantaría encontrar otro sitio donde poder vivir una temporada y dar clases. No quiero establecerme en ningún sitio de momento. Sé que de solo voluntariado no se vive, pero quiero buscar una solución a eso. Sé que de solo mochilear tampoco se vive, pero me estoy moviendo para encontrar una solución también a eso. No pretendo vivir sin trabajar como piensan algunos. No soy un vago y no seguir la dirección convencional tampoco me convierte en eso. No creo que poder querer vivir viajando moriré solo y olvidado por mi familia y mis amigos. No creo que este sea un salto al vacío, porque intentar vivir de esta forma no me va a excluir del mundo convencional de forma definitiva e irreparable. No creo que exista un solo sentido. Estoy buscando la mezcla ideal de lo que amo hacer: viajar, ayudar, enseñar. Quiero que lo que poseo quepa en un par de mochilas, no quiero aburrirme de ningún lugar; quiero conocer, no quiero estancarme; quiero moverme, no quiero ser como el primo con trabajo, el amigo casado o el conocido con perro y piso; quiero aprender y enseñar, no quiero sufrir pasivamente la sociedad; quiero escribir y fotografiar, no quiero una oficina; quiero vivir y compartir, no quiero renunciar a mis sueños y a mis proyectos. Necesito más Couchsurfing, más comida de los mercados, más buses rotos y malolientes, más post en mi blog y más gente que me sigua (por cierto, corred la voz y dadle al me gusta, amigos ). Necesito alimentarme de la esencia de lugares nuevos y gente desconocida.
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He elegido “ejemplos” como palabra para esta entrada del abecedario, pero me doy cuenta ahora de no haber hablado de ningún ejemplo. Sin embargo, antes de dejarme llevar por el furor poético, pensaba dedicarles este post. Estos “ejemplos” han decidido vivir según sus reglas, tienen en común el amor a los viajes y a la aventura, entre muchas otras cosas. Se me vienen a la cabeza unos nombres, Laura, Juan, Francesca, Magalí, Daniela, otro Juan, Aniko…y aquí os dejo sus blogs: Marcando el polo, Los viajes de nena, Acróbata del camino, Viaggiare da soli, Camino mundos, Viajando por ahí.