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viajes

13/11/13 Reflexiones # , , , , ,

No creo que exista un solo sentido

No creo que exista un solo sentido

El plan es no tener plan

Es impresionante pensar en como el futuro esté tan metido siempre en nuestro presente. Ya en los tiempos de la secundaria tenía unos compañeros que tenían muy claro lo que iban a hacer – y ser – cuando fueran adultos. Yo no tenía ni la más mínima idea. Por aquel entonces debería haber descartado ya ser un futbolista rico y famoso, no estoy del todo seguro, pero creo que sí. En el instituto cambiaron todos mis compañeros de clase, pero también ahí algunos lo tenían clarísimo: enfermeros, abogados, profesores; incluso algunos se negaban a abandonar el sueño del futbolista. Yo seguía sin tener la más mínima idea. Luego vino el primer gran viaje –seis meses entre Estados Unidos, Canadá y México – y entré en la facultad de Letras para estudiar Italiano e Historia (solamente después empecé con el español). Bueno, en la universidad ya estás estudiando lo que de verdad te gusta e inspira (o debería ser así), ¿no? Pero yo seguía sin tener un plan definido para el “después”. Mis compañeros se preparaban para ser médicos, geólogos, historiadores, profesores, otros se dieron cuenta de que la facultad no era lo suyo y cambiaron de plan y se han hecho mecánicos, informáticos, etc. Cada uno se movía en una dirección, como en la típica escena de película en la que el protagonista se queda parado en el centro de la pantalla y un montón de gente va corriendo de un lado para otro. No es que yo estuviera realmente parado, pero la sensación a veces era la misma. Siempre me sorprendieron positivamente los que lo tenían todo tan claro y sabían lo que querían hacer, en cambio, no entiendo la forma de sobre vivir de los que se han dejado llevar y se pasan la vida conformándose.

Cuando durante el verano de 2009 me fui dos meses a Sudamérica – para tomar parte en un proyecto de voluntariado en Montevideo, antes, y ver el norte de Argentina, después -. me di cuenta de que algo estaba cambiando en mi forma de ser. De hecho, unos meses más tarde me di cuenta de que aquellos habían sido mis verdaderos primeros pasos en dos mundos que descubrí amar: el de los mochileros y el de la cooperación y desarrollo. El curso siguiente terminé la carrera y decidí empezar un Máster. Sin embargo, el bicho ya me había picado y el virus se iba expandiendo dentro de mí. Me gustaba mucho lo que estudiaba pero como ya comenté en otro post no me la sentía de meterme en una biblioteca durante años, y tampoco estaba listo para sentarme detrás de una cátedra de colegio o instituto para dar clase hasta la jubilación. ¡No señor! Entonces surgió la posibilidad de ir a dar clase durante unos meses, en parte como voluntario, en Nicaragua y acepté encantado. Esa fue una de las experiencias más fuertes de mi vida. Nicaragua me permitió también volver a cargar la mochila al hombro y disfrutar más de ese otro fantástico mundo de buses rotos, carreteras polvorientas y comida callejera. En unos meses me iré a Hungría, siempre para dar clases de español y seguir aprendiendo viajando.

Sin sentido es pensar que exista un solo sentido

Nunca he sabido qué iba a ser cuando fuera adulto, ni siquiera ahora sé si ya soy adulto o no, pero algo cada vez más concreto como un proyecto y maravillo como un sueño está tomando forma en mi mente. No sé lo que verá después de los meses que pasaré en el norte de Hungría, pero me encantaría encontrar otro sitio donde poder vivir una temporada y dar clases. No quiero establecerme en ningún sitio de momento. Sé que de solo voluntariado no se vive, pero quiero buscar una solución a eso. Sé que de solo mochilear tampoco se vive, pero me estoy moviendo para encontrar una solución también a eso. No pretendo vivir sin trabajar como piensan algunos. No soy un vago y no seguir la dirección convencional tampoco me convierte en eso. No creo que por querer vivir viajando moriré solo y olvidado por mi familia y mis amigos. No creo que este sea un salto al vacío, porque intentar vivir de esta forma no me va a excluir del mundo convencional de forma definitiva e irreparable. No creo que exista un solo sentido. Estoy buscando la mezcla ideal de lo que amo hacer: viajar, ayudar, enseñar. Quiero que lo que poseo quepa en un par de mochilas, no quiero aburrirme de ningún lugar; quiero conocer, no quiero estancarme; quiero moverme, no quiero ser como el primo con trabajo, el amigo casado o el conocido con perro y piso; quiero aprender y enseñar, no quiero sufrir pasivamente la sociedad; quiero escribir y fotografiar, no quiero una oficina; quiero vivir y compartir, no quiero renunciar a mis sueños y a mis proyectos. Necesito más Couchsurfing, más comida de los mercados, más buses rotos y malolientes, más post en mi blog y más gente que me sigua (por cierto, corred la voz y dadle al me gusta, amigos 🙂 ). Necesito alimentarme de la esencia de lugares nuevos y gente desconocida.

***

Si queréis conocer a otros “locos” que han decidido trazar un camino diferente os aconsejo que le echéis un vistazo a estos blog: Marcando el polo, Los viajes de nena, Acróbata del camino, Camino mundos. Ellos solo son unos pocos de todos los que han decidido vivir según sus reglas. Los acomuna el amor a los viajes y a la aventura, entre muchas otras cosas.

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28/10/13 Reflexiones # , , , , ,

Chispas de muchos amaneceres

Chispas de muchos amaneceres

Amanecer como inicio. Como principio de cualquier cosa. Como origen, no necesariamente del mundo, pero sí de nosotros. Pero también como simple y lento comienzo de un día. Si pienso en el inicio se me viene a la cabeza una tormenta de imágenes y recuerdos. Sin embargo, ¿no es curioso que se nos ocurran tantas cosas pensando en nuestros orígenes, pero el verdadero “momento cero” no lo puede recordar nadie? Según lo que está escrito en los papeles y los cuentos de mis padres, el mío fue en un hospital suizo, eran las 8h20 de la noche y por la experiencia de los años que han pasado desde que tengo uso de razón supongo que fuera haría un frío que pelaba. Ese fue solo el primer amanecer, luego vinieron muchos más.

Esta es una lista de amaneceres que he vivido a lo largo de mis veintiocho años y que sueño con vivir algún día no demasiado lejano.

Amanecer…

Amanecer de lo enorme visto por la nada… lo enorme en este caso es el Grand Canyon; la nada, nosotros. Han pasado algunos añitos desde ese viaje, pero el espectáculo de ese amanecer no se ha borrado de mi mente. Probablemente la memoria me engañe un poco, siete años no son pocos. No recuerdo en qué punto del parque estábamos, pero algunos grupitos de personas se iban acercando al borde del barranco a la espera de algo importante. Sentados en las rocas oscuras de la madrugada, nosotros también esperábamos, cámara en mano, su llegada. Recuerdo que un azul muy singular llenó el paisaje, parecía que todas las piedras del cañón fueran de ese color. Y luego vino él con todos los tonos de rojo, naranja y amarillo que el ojo pueda detectar. Seguramente muchos más, porque en la inmensidad de ese momento a la nada no le queda otra que admirar pasivamente el espectáculo de la naturaleza.

Amanecer, casi boliviano, de colores y calma… La llaman la Siberia argentina, pero a pesar del nombre altisonante muy poca gente conoce el pueblo de Abra Pampa, en el extremo norte de Argentina. Yo pasé por ahí gracias a una de esas extrañas casualidades que solo el viaje te regala. Quería ansiosamente llegar a Bolivia, pero entonces iba a ser imposible cumplir ese sueño (que sigo teniendo). Necesitaba por lo menos una excusa para acercarme cuanto más al país andino, como si todavía desde este lado de la frontera hubiera podido al menos oler Bolivia, verla desde lejos, imaginarla desde cerca. Justo en esos días en Casabindo se celebraba la única corrida de toros de todo el país. Nada que ver con la barbaridad española, y también por eso decidimos acercarnos para echar un vistazo. Fue así como acabamos en Abra Pampa el día anterior a la fiesta. Ahí conocimos a los borrachos del pueblo, tomamos vino en tetra pack con ellos y, a pesar del calor atroz del día, pasamos una de las noches más frías de todo el viaje. Fue precisamente ahí donde viví uno de los amaneceres más grandiosos de mi vida. La calle polvorienta de la mañana estaba completamente vacía, y por encima de las pequeñas casitas cuadradas se dibujaron durante un momento rayas azules, rosas y moradas en perfecta sintonía con el blanco dominante del ambiente, de la cal y del polvo. Al parecer Abra Pampa se parece mucho a los pueblitos bolivianos del otro lado de la valla. Pero eso quiero ir a averiguarlo algún día.

Amanecer de despedidas… Este fue hace poco, el 8 de julio de este año. Llevaba un mes en Colombia y unos días en Bogotá en compañía de unos buenos amigos. Había llegado el momento de las despedidas. Otra más, el viaje te da mucho pero exige siempre algo a cambio. Las amistades se hacen tan intensas también porque son vividas casi con furia, con el afán de las cosas breves, como la llama violenta que enseguida se apaga. Lo que realmente se apaga no es la amistad sino el privilegio de estar juntos y vivir aventuras codo a codo.  Después de tanto andar por caminos polvorientos, de noches frías luchando con el aire acondicionado de un autobús, de mucho compartir y aprender, mis pisadas iban a alejarse de otras ya muy familiares. En la despedida del León de Rosario y de Camilo se abrazaban besos y promesas lejanas quilómetros y semanas. Todavía me duelen sus palmadas en el tatuaje recién hecho.

Amanecer que me gustaría vivir… Dicen que no hay nada comparable con el despertar de la selva visto – y oído sobre todo – desde la altura de un templo maya en la antigua ciudad sagrada de Tikal. El silencio más parado se disuelve y deja lugar a una sinfonía de ruidos de animales y arboles. Como una enorme orquesta natural se erige un concierto tan sincronizado que no necesita director.

Y para cerrar el amanecer emocionante de cada nuevo viaje, que por casualidad últimamente he visto siempre desde los grandes cristales de un aeropuerto, esperando el momento de subirme al avión para esquivar como un esquiador las barritas verticales e imaginarias que marcan los husos horarios. O también desde la pequeña ventanilla del mismo avión en el aire. Este es un comienzo que no puedo dejar de soñar, de vivir, de esperar y disfrutar. Cada vez de forma distinta, cada vez con la misma emoción de estar participando en el primer día de todo.

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24/10/13 + Tips # , , ,

Couchsurfing: una filosofía de viaje

Couchsurfing: una filosofía de viaje

Cualquier viaje nos proporciona temas sobre los cuales discutir y escribir. A lo largo del camino se crean situaciones, se viven momentos que vale la pena destacar y que se quedarán impresos en nuestra memoria. Mi lugar favorito para acercarme a la realidad de un lugar es el autobús: fuente continua e infinita de historias y anécdotas. Sin embargo, no solo en la carretera vivimos nuestra aventura Seguir leyendo

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01/10/13 Librería de viaje # , , , , ,

“En las antípodas” (Bill Bryson)

“En las antípodas” (Bill Bryson)

Recensión libre

En Suiza el servicio militar es obligatorio. La primera parte dura unos cinco meses y suele terminar sobre diciembre, tarde para empezar el curso académico. Por eso, es muy común entre los chicos de 19-20 años tomarse el resto de ese año e irse al extranjero a aprender un idioma. En el caso que sea el inglés el idioma que nos interesa, muchos se encuentran en un cruce: un camino lleva a Estados Unidos, el otro a Australia. Seguir leyendo

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10/08/13 Reflexiones # , , , , ,

De todos modos, llegará otra primavera

De todos modos, llegará otra primavera

“Podrán cortar todas las flores
que llegará la primavera aunque les toque los cojones”
Bongo Botrako
Llegará la primavera

No recuerdo la última vez en la que he estado en la condición de saber lo que habría hecho en un futuro a medio plazo. La verdad es que por mucho que lo intente no consigo volver a meterme en la piel de ese Jack, rehacerme con su cabeza, sus ideas, expectativas y perspectivas de entonces. Con respecto a estas últimas, probablemente porque siempre he sido de decisiones de último momento. No decidí si ir o no al instituto hasta unos meses antes de empezarlo; lo mismo pasó con la universidad. Me acuerdo de que estaba en los Estados Unidos y tuve que dar una respuesta a mi madre para que pudiera enviar los papeles de la inscripción: no sabía si matricularme, dónde matricularme y en qué matricularme. ¿La Erasmus?, ¿El máster? Lo mismo: la primera, una decisión del azar y, la segunda, fruto de coincidencias. Ninguna planificación anterior. Con lo que me gusta a mí organizar mí día a día con tablas, calendarios y agendas. Así pues, no recuerdo cómo tenía que haberse sentido ese Yo de finales de septiembre de 2006. Empezar una carrera significaba asegurarse tres años en la misma ciudad, haciendo más o menos las mismas cosas. Lo normal, o eso  supongo que me parecía por aquel entonces. Por eso no me marcó, por eso no lo recuerdo para nada.

Al final, sin que me diera cuenta, algo cambió y ni siquiera me dio tiempo a terminar la carrera en el mismo sitio, en esa Lausana con la que tuve una relación anónima, un poco fría y distante. Un amor que no brotó nunca. Por ello, los últimos dos semestres fui a hacerlos a Salamanca (y ese sí que fue amor del verdadero). Pero pronto llegó la primavera del 2010 y, como hacía cuatro años, tuve que decidir qué hacer; pero a partir de aquel año sí que recuerdo lo que pasó y lo que sentía. El final de la Erasmus se divisaba al final del túnel. Y ¿ahora? ¿Qué es lo siguiente? Me encontré compartiendo deseos y dudas (sobre todo dudas) con un pequeño grupo de amigos. Las opciones sobre la mesa eran muchas, se diga lo que se diga, las alternativas siempre son muchas, solo hay que abrir la mente y no cerrar la puerta a nada. ¿Volver a Lausana para hacer un máster?, ¿Volver a casa de mis padres en Tesino y terminar mi formación de docente?, Tomarme un tiempo para…reflexionar (= viajar). Finalmente, la misma Universidad de Salamanca sacó la primera edición de un máster de literatura. Guay, nos apuntamos. Sí, porque otros, más o menos convencidos, decidieron poner raíces en la ciudad de la Celestina. Entre una clase y una presentación; un botellón y uno pinchos, otra vez se acercó la primavera: época de flores y dudas. Algunos lo tenían claro, otros encontraron su futuro cercano gracias a compañeros, por simpatías y casualidad. Y ¿yo? Pues en lo de siempre: calendarios para el día a día, hojas blancas y vírgenes para el futuro. Con un título en el bolsillo las opciones cambiaron, no eran ni más, ni menos, pero sí diferentes. ¿Me tomo un tiempo para pensarlo?, ¿Empiezo el doctorado?, Otro máster, vuelvo a Suiza… Ese verano, el de 2011, conocí a una persona especial y eso tuvo su peso en la decisión final. Así que venga, que doctorado sea. Tres añitos encerrado en una biblioteca, saliendo solo para meterme en una clase dando alguna charla. Ver reducirse mi vida social a  mínimos históricos. No me lo creía ni yo, pero lo intenté, y otros conmigo. Además, seguía enamorado de la ciudad. Sin embargo, la tranquilidad de tener tres años planificados duró muy poco. Vivía sentimientos contrastantes. Me encanta la literatura, me encanta estudiarla incluso y no me molestaba imaginarme dando clase en algún auditorio, pero la libertad traicionera del doctorado y un tema que no me entusiasmaba me abrieron los ojos: estaba en un callejón sin salida. Otra Salamanca en flor, las mismas dudas y las mismas nubes allá, no tan lejos, en el horizonte de mí vida. Seguí pensándomelo, pero cuantos más viajes, menos ganas de volver a la biblioteca tenía. En mi primer año de tesis estuve en Marruecos, Barcelona, Tenerife, Luxemburgo, Polonia, Bélgica, Cádiz (el único viaje pro doctorado),… Llegó y pasó también el verano.

Otoño 2012. Un semestre de más en Salamanca, dictado por la duda, la amistad y sobre todo el amor. Y luego un cambio de plan. Esta vez la primavera no ha llegado a la orilla del río Tormes, sino bajo la sombra de Sandino. Lejos de libros y bibliotecas universitarias. Estoy dando clase, es cierto, pero en un contexto a millones de años de la paz salmantina. Vivo el caos de Managua. Sin embargo, vivir en un país que no conoce el concepto de primavera no hizo que no llegaran marzo, abril; que las flores brotaran y con ellas las dudas. Ya estamos en mayo y si os contara mis planes para el próximo año (porque sí, mi vida sigue “organizándose” en base al año académico: grosso modo septiembre-junio) vais a pensar que estoy loco. También habrá quien, prisionero de una visión de la vida demasiado tradicional no entienda y etiquete de vago a quien a sus veintiocho años no tiene todavía piso, trabajo estable, coche y perro (porque novia sí tengo, ¿vale?). Pues, confío en que alguien, conocido o no, perdido por el mundo entienda mi forma de enfrentarme a esta vida que, hasta prueba contraria, es una sola y tampoco tan larga.

primavera

Entonces, aunque aquí solo haya dos estaciones, es tiempo de tomar decisiones. Lo que vendrá después del verano se presenta como una aventura de las buenas y no sin unos cuantos temores. El amor, otra vez, me llevará de nuevo a este lado del charco. Abrid Google maps y escribid: Hattiesburg. Lo que os saldrá es un pequeño paralelepípedo gris que no os dirá nada de nada. Si le dais al “menos” a la izquierda, seguiréis perdidos en la nada. Sin embargo Hattiesburg existe. Está en el sur del estado de Misisipi y por ende de los Estados Unidos de América y es sede de la USM – University of Southern Mississippi -. Aquí, Rosana, irá a dar clases como asistente en el departamento de español. ¿Qué pinto yo ahí? Pues, soy su novio, tendré que darle apoyo moral en esta nueva, emocionante y no poco complicada aventura, ¿no? Bromas aparte, asistiré a un curso de inglés durante un tiempo e seguiré intentando ganarme la vida hasta diciembre-enero. Luego, de vuelta a Europa: Turquía, Hungría, Lituania, Polonia, Republica Checa, Portugal o Alemania, todavía no sé. Esta vez a dar clases en un instituto gracias al programa COMENIUS. Este es el plan del próximo año, no está mal, ¿verdad?

Estoy dando clase y viajando. Saco fotos a lugares y personas increíbles, escribo crónicas de viajes y comparto pensamientos en este blog. Conozco a gente nueva, me nutro de sus conocimientos, mientras ellos lo hacen con los míos. Busco continuamente la esencia de esta vida. Más no podría pedir. Me siento realmente bien viviendo en este estado de cambio continuo. Aunque hay que admitir que no es siempre tan fácil como pueda parecer. A veces antes de la decisión del último minuto a uno le da tiempo agobiarse un poco. Alguna vez he envidiado a los amigos que tienen la vida bien enderezada como un tren en su carril, sobre todo cuando el momento de decidir algo para el futuro se acercaba mucho. Pero luego lo pienso y me doy cuenta de que esos solo son momentos de confusión. Lo que necesito yo es precisamente lo que tengo. Estoy en el buen camino, aunque todavía me falten algunas cosas para poder seguir así. Y si algún día cambio de opinión, pues me compraré un perro y me uniré al rebaño.

Estoy sentado en una silla que no acabo de entender si es cómoda o incómoda, en mí casa de los últimos cinco meses. La casa me gusta, la ciudad no. Pero bueno, tampoco puede ser amor a primera vista siempre. 21 de mayo de 2013, llevo 139 días en Nicaragua, trabajando y viajando; me quedan 10. Luego, Colombia, agosto en Suiza, Italia y España, a partir de septiembre en los Estados Unidos y la primera mitad de 2014 de vuelta a Europa. De todos modos, llegará otra primavera con todo lo que comporta. No recuerdo para nada la última vez que tuve el futuro a medio plazo planeado, pero, pensándolo bien, está bien así.

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10/08/13 Colombia # , , , , , , ,

Me voy a Colombia

Me voy a Colombia

Arranco otro post como un fumador ansioso: abro un nuevo archivo desde el borrador de otro, como nuestro fumador prende fuego a un nuevo cigarrillo con lo que le queda del anterior. Así, casi con un frenesí histérico. Escribir, escribir, escribir. Pero también leer, leer y leer. Por tener un flujo continuo de emociones, ideas, pistas, normas que seguir, disfrazar y moldear a mi gusto. Estoy viviendo una época llena de viajes y Seguir leyendo

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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