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Salamanca

22/08/16 España , Fotopost # , , ,

11 (great) pictures of Salamanca

11 (great) pictures of Salamanca

Fotopost Salamanca

A Salamanca ya he dedicado varios post, y en todos me he dejado llevar por las emociones (en el aire se escuchan las notas de un violín…). Cuatro años en una ciudad dan para mucho y, en el caso de Salamanca, dan seguramente para quererla. Ahora dejamos hablar un poco las imágines que, espero, consigan atraparos y motivaros a visitar esta pequeña perla de Castilla y León.  Seguir leyendo

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23/09/14 España # , ,

Pongamos que hablo de Salamanca: Caballerizas

Pongamos que hablo de Salamanca: Caballerizas

Imágenes de una vuelta

Creo que Caballerizas es un buen sitio para ordenar las primeras emociones de esta vuelta íntima; la primera a Salamanca. Esta cueva, donde cerebros cansados de poesías y letras apaciguan su sed y vuelven a ponerles sonido a cotilleos y pensamientos reprimidos en la biblioteca de Anaya, me ayuda a volver a arrancar la máquina de la memoria. Las imágenes fluyen bajo la bóveda oscura.

Hoy se distinguen claramente la música y el clic metálico de la caja registradora. A principios de septiembre no hay que luchar por una mesa o una de esas sillitas a ras del suelo que complican terriblemente cualquier movimiento en otras épocas del año. Uno se puede incluso ahorrar las plegarias para que todavía quede alguno de  esos riquísimos pinchos de jamón y tomate en la barra. Y no es poco. Sin embargo, en mi cabeza, el bar está lleno, la barra atiborrada de gente esperando su turno, los camareros esquivándose el uno al otro y el suelo lleno de servilletas (aquel curioso y totalmente ibérico sinónimo de calidad).

Caballerizas es un cuarto de sombras indefinidas que retoman forma cuando el sol se aparta por fin de los ojos cegados de los nuevos clientes. La baja arcada de ladrillos rojos recuerda la cueva oscura en la que recitaban su libertad los poetas muertos. ¡Oh Capitán, mi capitán!

Caballerizas es el camarero calvo, el de los chistes guarros, el viejo callado que te quita la taza de café antes de darle el último sorbo y los dueños que se toman una caña con unos viejos habituales en un momento de calma.

Salamanca custodia esta antigua perla con discreción. Los turistas con los ojos llenos del Palacio de Anaya y de las Catedrales, pensativos tras el encuentro con el astronauta, se dirigen sin dudar al  callejón que conduce al Huerto, desconocedores de estar dando la espalda a nuestra cafetería. Ellos se lo pierden. Charros y salmantinos de adopción, en cambio, saben que siempre encontrarán algún compañero repasando unos apuntes o tomándose algo.

Caballerizas, los fogones de Anaya; y lo saben (¡lo sabemos!) todos los que vivieron durante un tiempo de novelas y libros, charlas en el Aula Magna y fotocopias en el sótano. Caballerizas, aquel lugar  donde las sutiles fronteras entre profe y alumno se afinan, donde no hace falta entrar acompañados para tener compañía.

Me pido otra cañita y mientras doy un mordisco a mi pincho de jamón y tomate en el silencio del local me dejo llevar por los recuerdos y de repente están todos ahí: viejos compañeros de clase, profes y caras familiares. La gente atiborrada en la barra esperando su turno, los camareros esquivándose el uno al otro…el suelo lleno de servilletas.

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03/03/14 España , Reflexiones # , ,

S de “Salamanca”. Boli en una mano, corazón en la otra

S de “Salamanca”. Boli en una mano, corazón en la otra

Para Salamanca, claro;
y para todos los actores que se subieron al escenario salmantino entre el 3 de enero de 2009 y el 24 de diciembre de 2012.
Gracias.

Echo de menos Salamanca. No hay nada que hacer, a veces, cuando desconecto de todo lo que me rodea, simplemente vuelvo ahí con la mente. Nada en concreto me recuerda a mi ciudad ocre. O, mejor dicho, cada vez es un recuerdo distinto, un momento, una persona, una ráfaga de viento que humedece los ojos y contrae el corazón. Salamanca se me presenta como una visión. Y soy feliz. No es que no lo sea en el día a día, pero existen pocas cosas que me provocan tantas emociones. Los viajes son mi realidad de sueño; salir a la calle de una ciudad desconocida me electrifica; la Juve me exalta. Todo esto me hace feliz días tras día. Pensar en Salamanca me calma y me hace latir el corazón al mismo tiempo.

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Algunos pensarán que la tengo un poco idealizada. Yo estoy seguro de que no es cierto, porque ahí también pasé momentos malos y tristes y eso no se me olvida. Pero esas son heridas pasadas y cicatrizadas, nada comparado con los recuerdos de calle Méjico 12, de la escalera de Anaya, de las fiestas en Varillas, del pequeño gimnasio y del cruzar la Plaza Mayor. Adoraba cruzar esa plaza. Otra plaza, la del oeste, representa amores rotos y actuales, peleas, gozos y más fiestas. Acabo de leer que la Plaza del Oeste se está llenando de arte callejera (en pacífica protesta contra el cierre de tiendas en quiebra). Escribo y los lugares de mi Salamanca se pelean para ganarse un sitio en esta entrada. Fonseca, los Jesuitas, el Tormes, Canalejas, el Pani,… y habría más; cómo no. Sin embargo, todo eso no sería tan perfecto si no los hubiera compartido con personas y amigos igual de especiales. Actores protagonistas, comparsas de unas horas, guías, ejemplos, personas genuinas con las que una y otra vez he quedado por mil razones debajo del reloj. Hacer nombre serviría solo para olvidarme de algunos, por eso paso. Los que se sienten parte de este post tendrán una razón suficiente para merecer este homenaje y mis gracias susurrado a través del  2.0.

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Echo de menos  los veranos de Salamanca. La ciudad se vacía, los estudiantes se van, los erasmus vuelven a sus países, los bares y las vías se callan. Vivir Salamanca en verano ha sido mi consagración, me ha hecho pertenecer definitivamente a ella. La ciudad universitaria se vuelve pueblo y da igual que no sea mi pueblo natal, desde entonces, desde el primer verano, ya era también mi pueblo (y mi ciudad). Me delataba la piel de guiri quemada por el sol de la meseta, me delataba el nombre, pero daba igual, en Salamanca me sentía un salmantino más, aunque fuera de adopción. Nunca había pasado eso, nunca ha vuelto a pasar hasta ahora. ¿Cómo no echar de menos  tu casa?

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Dejé la ciudad una fría mañana de diciembre, cumplía 28 años ese día y la resaca de la última fiesta anestesiaba sentimientos y sentido común. Apagaba un poco el sufrimiento. O, quizá, entonces como ahora, la ciudad ya me relajaba, incluso en los momentos peores. Así, Salamanca me hacía entender que el momento de decirnos adiós había llegado, ese era el momento justo. Simplemente me sugería que todo tarde o temprano termina. Lo malo, lo bueno y lo genial. Ha pasado poco más de un año desde aquella mañana de invierno, hace unos seis meses tenía los billetes para volver, estaba listo, creo, para volver a llenarme los ojos de la inmensidad de su figura a orillas de río Tormes. Tenía los billetes, pero la cagué y no fui; las bromas del jodido karma. Quiero volver, pero mi agenda está petada de nombres de ciudades y países, otras ciudades y otros países. Además, seré sincero, tengo un poco de miedo, y ¿si al volver a pasear por calle Compañía todos esos años me atropellan como un tsunami mental? Si eso pasa, ¿vendrá la misma Salamanca en mi ayuda para calmarme? ¿Sabrá Salamanca hacerme feliz, otra vez?

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07/08/13 España # ,

Erasmus: droga, sexo y rock ‘n’ roll (y mucho más)

Erasmus: droga, sexo y rock ‘n’ roll (y mucho más)

Memorias de un erasmus

La leyenda dice que el estudiante Erasmus pasa un año de locuras y exageraciones, ligues a saco y además aprueba sin estudiar. Esta idea preconcebida lleva a algunos a vivirlo así. En mí caso, y creo en el de los que formaban parte de mi grupo, el año de Erasmus fue muchísimo más: vivimos esta extraordinaria experiencia más allá del desfase fiestero y del absentismo crónico. Conocí a fondo la ciudad y la gente que se ha cruzado en mi camino. Tuve la suerte de compartir diez meses con gente especial, unas personas que en poco tiempo –ser Erasmus es una experiencia breve pero muy intensa-  se convirtieron en amigos muy cercanos y con los que sigo en contacto, a  pesar de las distancias geográficas.

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Pero empecemos por el principio. Jamás me había planteado irme de Erasmus y la verdad es que sabía muy poco de esta beca hasta que estuve en Salamanca por primera vez. Fue una profesora de la academia donde daba clase que, sabiendo que me había quedado tan a gusto, me preguntó por qué no pedía una Erasmus. A la vuelta a Lausana me informé y las cosas empezaron a tomar forma: después de un par de entrevistas, pude empezar con el papeleo. Un mes más tarde tenía la confirmación: iba a volver a Salamanca, ¡esta vez por todo un año!

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El 6 de septiembre de 2009 estaba de vuelta a Salamanca, listo para las fiestas patronales. Y las fiestas de Salamanca no se olvidan fácilmente. Recién llegado me acerqué a la cabina telefónica en la esquina de Anaya para mirar los anuncios de pisos. La buena honda que parece acompañarme cuando estoy aquí hizo que una morenita con gafas también estuviera echándole un vistazo a los mismos anuncios. Acababa de encontrar a mi futura compañera de piso, gran amiga, confidente e increíble compinche de mil aventuras: Elisa. Gracias a ella los largos paseos a cuarenta grados no parecián tan largos y al cabo de un par de días estábamos celebrando con una cañita sentados en el suelo al lado de la filmoteca: teníamos piso. El 2° B de calle Méjico 12 no tardaría mucho en convertirse en el “Piso de la fiesta”. Sería tarea utópica intentar contar todo lo que pasó ese año y tampoco es el propósito de este post hacerlo. Por ello, quito el zoom y vuelvo a mirar las cosas desde más lejos, porque sólo quiero compartir algunas de las facetas más importantes de la Erasmus.

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De ese primer año completo en Salamanca recuerdo las fiestas y el cachondeo que nos acompañaba siempre. Pero, sobre todo, me quedo con los amigos que conocí, la verdadera esencia de aquel annus mirabilis. Por primera vez me sumergí totalmente en un ambiente masivamente multicultural. Salamanca se convirtió en mi Babilonia. En las quedadas se hablaba español, obvio, pero dependiendo de la ocasión o del anfitrión, llegaban al oído sonidos procedentes de toda Europa. Puesto que la gente no solo es el idioma que habla, en los diez meses de beca, aprendí mucho de cada uno de los amigos que se toparon en mi camino. Con el tiempo uno se va acostumbrando al choque cultural perpetuo y es sugestivo ver como las diferencias van menguando. Incluso usos y costumbres se intercambiaban y mezclaban, creando pequeños Frankenstein multiculturales, a veces muy peculiares.

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Las pocas horas de clase me permitieron, a menudo, alquilar un coche con unos amigos y salir al descubrimiento de España. Gracias a los viajes conocí mejor al país y a mis colegas más cercanos. Compartir horas encerrados en un coche de alquiler o callejeando perdidos por alguna ciudad fortaleció nuestras amistades. Además de este aspecto social y humano, propio del viaje mismo, los fines de semana on the road abrieron mis ojos a uno de los países más bonitos que he visto nunca. España tiene una diversidad de paisaje y cultual impresionante. Coordinadas distintas marcan costumbres distintas. Así, el concepto de tapa/pincho va variando desde Bilbao a Madrid, hasta revolucionarse en Granada. En dos palabras: si en el norte se piensa en un pincho contundente pero muy caro que pagas aparte de la bebida, con una tapa en el sur, en cambio, cenas y te queda dinero para pedir unas cuantas cañitas más.

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Pero me estoy yendo un poco por las ramas. Puesto que ya lo hizo Larra y que tengo muchos amigos que pueden hablar de sus costumbres mucho mejor que yo, mejor vuelvo al tema y termino estos recuerdos-homenaje a la Erasmus. En fin, está bien que la Erasmus se viva en plan droga, sexo y rock ‘n’ roll, pero tiene que ser mucho más que eso. Esos diez meses para mí lo fueron: crecí mucho como persona,  contribuyeron a ampliar mis horizontes y a seguir una evolución personal que había empezado un poco antes y que se apoyará luego en la experiencia y en la gente del Máster. Porque, otra vez, tenía que quedarme un año, pero no sabía que mi ciclo salmantino no tenía que terminar aún. Esta, de nuevo, es otra historia.

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P.D.: Me gustaría dedicar este post a todos mis compañeros de aventura. Adrede no entré en particulares (mejor, “no he entrado en detalles”), ni hice ejemplos concretos de mi experiencia, no solo por pudor, sino para no aburrir a los que no tuvieron la suerte de estar allí entonces. Además, no dudo de que los que sí estuvieron (o que se han ido de Erasmus en alguna parte del planeta)  hayan podido volver un momento a esos días. Pues, esto es para (y gracias a) vosotros: Maïté, Elisa, Fede, Simo, Julien, Yaiza, Yoko, Cornelia, Kira, Raquel, Judit, Fede(rica), Elisa, Elisabetta, Sara, Jorge, Mario, Ángel, Quique, Patri, Lupe, Tony, Marius, Esther, Carla, Tomas, Anna, Miriam, Klara and many more…

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07/08/13 España , Reflexiones #

Memorias salmantinas

Memorias salmantinas

Chaval, ¡el final tiene fecha y hora!

Con estas palabras anunciaba a un amigo por Skype que había decidido, al fin, cuando me iba a ir de Salamanca. Cuando a las 09h00 del 24 de diciembre el autobús se deje atrás la avenida Filiberto Villalobos rumbo al aeropuerto de Madrid será el fin de una era. Sé que puede sonar exagerado y dramático, pero no lo es, y los que han compartido conmigo alguna de las aventuras salmantinas de estos últimos cuatro años lo pueden confirmar.

Cuando mis resultados académicos me obligaron a partir, pude elegir entre Madrid y Salamanca. ¿Sabéis que no había oído hablar de la segunda en la vida? Al final, para evitar todo el jaleo de una capital, tocó Salamanca. Creo que no he vuelto a hacer tan buena elección en la vida.

Me enamoré de salamanca a primera vista; y esto aquí no es una frase hecha. La primera escena que ves desde el autobús cuando entras en la ciudad de noche es la de su imponente catedral iluminada. Llegué el 3 de enero de 2009, tenía que quedarme tres semanas para intentar aprender algo de español evitando así suspenderlo todo a la vuelta a la universidad. Tras unos días añadí una semanita a mi estancia, todavía no podía saber que eso habría sido el leit motiv de mi relación con la ciudad durante los siguientes cuatro años.

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De ese primer mes tengo buenísimos recuerdos, de personas y de momentos. Recuerdo conversaciones, fiestas, excursiones y todavía pasan delante de mis ojos imágenes que tardaré en olvidar. Pero vamos por orden, porque el primer impacto no fue de los mejores. La noche de mi llegada me quedé en la puerta de la residencia en la que me alojaba hasta que a la enésima tocada de timbre y al borde de la hipotermia me abrió un piadoso estudiante. Al poco tiempo, viví la misma situación pero desde el calor del hall de la residencia. Ese día conocí a unos chicos brasileños que habrían sido muy buenos amigos en los años siguientes. En la residencia tenía un cuarto compartido. Además de tener que soportar las medidas más propias de una celda que de una habitación, me tocó en suerte un tío de Pekín. No me malentendáis, no tengo en absoluto problemas con los chinos, pero Armando, ese era su nombre occidental, no hablaba español y casi nada de inglés, así que podéis imaginaros las profundas y emocionantes conversaciones que tuvimos esos días. Y por si no fuera poco, el amigo se tiró todo el tiempo que duró nuestra convivencia forzada fumando a escondidas en el minúsculo cuarto. Un par de veces lo pillé tirando por la ventana la colilla disimulando descaradamente. Vaya personaje. A Armando lo volví a ver casi dos años después en un campo de baloncesto. Entonces sí que pudimos comunicarnos un poco más, pero tampoco mucho.

Mientras tanto, fuera de la residencia, la vida seguía su curso. De día tenía clase en el Quijote, otro elemento de la primera Salamanca que volverá curiosamente a aparecer más adelante, el resto del tiempo lo pasaba con mis amigos sudamericanos. Por cierto, el grupo suizo-brasileño se hacía cada vez más grande y el porcentaje suizo iba disminuyendo hasta llegar a una proporción de 1:20. Pero siempre me lo pasaba en grande y menudas fiestas nos montamos. La base del triangulo del pecado la formaban el Irish Rover y la Chupitería – probablemente los sitios más de guiris de Salamanca –, la  punta El Sabor. Todos los lunes –día de la fiesta brasileña- estábamos ahí: yo haciendo el ridículo, los demás bailando.

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Esos primeros días del año 2009 descubrí una Salamanca distinta de la que me acostumbraré a vivir enseguida. Desde el primer momento la ciudad me hechizó. Sin embargo, no me dio tiempo a sentirla mía de verdad, a llegar a formar parte de ella como me pasó más tarde. Esa primera versión de Salamanca la veo hoy como muy pequeña, limitada a unos pocos bares, una escuela, una residencia y un gimnasio. A pesar de eso me pareció infinitamente atractiva. Y decidí volver. Pero esta es otra historia, y creo que deberíais conocerla.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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