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reflexiones

30/03/14 Reflexiones #

Mi ciudad es lo último que visito

Mi ciudad es lo último que visito

¿Por qué será que las ciudades en las que vivo son la que más me cuesta describir? ¿Por qué mi ciudad es lo último que visito?Y no es solo eso, a veces son incluso las que peor visito. La primera vez que me di cuenta de esto fue en San Diego. Después de tres meses en la ciudad había quizá aprendido inglés, pero desde luego no conocía la mayoría de los sitios de interés que habría tenido que visitar. Volví a San Diego hace poco y después de menos de una semana me fui con la sensación de por fin conocerla un poco. Pero no siempre podemos volver. No siempre tenemos la suerte de volver a pisar los mismos recorridos una segunda vez. Lo mismo me pasó en Lausanne durante la universidad y volvió a repetirse en Managua el año pasado. La única excepción, hasta ahora, ha sido Salamanca. Ahora, en Eger, tengo la impresión de que la historia se repita. Llevo tres meses en esta ciudad pequeña-pueblo grande y ayer entré por primera vez en la enorme Basílica.

Mi ciudad

No sé por qué tengo la sensación de irme de los lugares en los que más tiempo he vivido sin haberlos realmente conocido, pero tengo claro por qué no los visito como debería. Pereza. Pereza y otro concepto central en la cultura hispana a la que a veces me parece pertenecer: mañana. ¿Por qué hacer hoy lo que puedo hacer mañana? Por ello, después de un día de clase me quedo en casa a ver una peli o como mucho me voy un rato al gimnasio o a tomar algo. ¿El parque súper bonito? ¿El espectacular faro que domina el Océano? No hay prisa, no se van a mover de ahí, iré mañana. El problema es que el parque y el faro no se van a mover de ahí, pero yo sí. Así llega fatalmente el día en que mi “mañana” ya no será aquí, sino en otro allí.

Mi ciudad

Sin embargo, si lo pienso bien no es cierto que me vaya de estos lugares sin conocerlos en absoluto. El ritmo de los meses, o incluso años, de mis estancias nunca está marcado por el mero turismo: estudiar un idioma, ir a la universidad o dar clases son las supuestas prioridades. Esto me lleva a conocer rasgos del sitio muy peculiares, nunca turísticos. En lugar de conocer un conjunto de la ciudad, doy con pequeños matices de la realidad local menos llamativos: la rutina en una calle del mercado que cruzo todos los días, los sonidos de una esquina, un autobús que me permite familiarizarme con los rostros de la gente, los chillidos incomprensibles de los vecinos, un bar. Así, la plaza que me recuerda Managua es la que queda al lado de mi trabajo y no la más grande, más bonita y más conocida. El barrio en el que mejor me muevo en Eger no es el casco histórico, sino el de mi casa, periférico y anónimo. Al fin y al cabo, a veces soy un poco duro conmigo mismo y, pensándolo bien, cuando me voy de algún lugar lo conozco más de lo que creo. Quizá solo diferentemente de lo que pienso. Y aunque es verdad que debería aprender a adelantar las horas de mis casi siempre hipotéticos mañanas a hoy, yo sé que vine, quizá no lo vi todo, pero desde luego lo viví.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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