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recuerdos

03/03/14 España , Reflexiones # , ,

S de “Salamanca”. Boli en una mano, corazón en la otra

S de “Salamanca”. Boli en una mano, corazón en la otra

Para Salamanca, claro;
y para todos los actores que se subieron al escenario salmantino entre el 3 de enero de 2009 y el 24 de diciembre de 2012.
Gracias.

Echo de menos Salamanca. No hay nada que hacer, a veces, cuando desconecto de todo lo que me rodea, simplemente vuelvo ahí con la mente. Nada en concreto me recuerda a mi ciudad ocre. O, mejor dicho, cada vez es un recuerdo distinto, un momento, una persona, una ráfaga de viento que humedece los ojos y contrae el corazón. Salamanca se me presenta como una visión. Y soy feliz. No es que no lo sea en el día a día, pero existen pocas cosas que me provocan tantas emociones. Los viajes son mi realidad de sueño; salir a la calle de una ciudad desconocida me electrifica; la Juve me exalta. Todo esto me hace feliz días tras día. Pensar en Salamanca me calma y me hace latir el corazón al mismo tiempo.

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Algunos pensarán que la tengo un poco idealizada. Yo estoy seguro de que no es cierto, porque ahí también pasé momentos malos y tristes y eso no se me olvida. Pero esas son heridas pasadas y cicatrizadas, nada comparado con los recuerdos de calle Méjico 12, de la escalera de Anaya, de las fiestas en Varillas, del pequeño gimnasio y del cruzar la Plaza Mayor. Adoraba cruzar esa plaza. Otra plaza, la del oeste, representa amores rotos y actuales, peleas, gozos y más fiestas. Acabo de leer que la Plaza del Oeste se está llenando de arte callejera (en pacífica protesta contra el cierre de tiendas en quiebra). Escribo y los lugares de mi Salamanca se pelean para ganarse un sitio en esta entrada. Fonseca, los Jesuitas, el Tormes, Canalejas, el Pani,… y habría más; cómo no. Sin embargo, todo eso no sería tan perfecto si no los hubiera compartido con personas y amigos igual de especiales. Actores protagonistas, comparsas de unas horas, guías, ejemplos, personas genuinas con las que una y otra vez he quedado por mil razones debajo del reloj. Hacer nombre serviría solo para olvidarme de algunos, por eso paso. Los que se sienten parte de este post tendrán una razón suficiente para merecer este homenaje y mis gracias susurrado a través del  2.0.

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Echo de menos  los veranos de Salamanca. La ciudad se vacía, los estudiantes se van, los erasmus vuelven a sus países, los bares y las vías se callan. Vivir Salamanca en verano ha sido mi consagración, me ha hecho pertenecer definitivamente a ella. La ciudad universitaria se vuelve pueblo y da igual que no sea mi pueblo natal, desde entonces, desde el primer verano, ya era también mi pueblo (y mi ciudad). Me delataba la piel de guiri quemada por el sol de la meseta, me delataba el nombre, pero daba igual, en Salamanca me sentía un salmantino más, aunque fuera de adopción. Nunca había pasado eso, nunca ha vuelto a pasar hasta ahora. ¿Cómo no echar de menos  tu casa?

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Dejé la ciudad una fría mañana de diciembre, cumplía 28 años ese día y la resaca de la última fiesta anestesiaba sentimientos y sentido común. Apagaba un poco el sufrimiento. O, quizá, entonces como ahora, la ciudad ya me relajaba, incluso en los momentos peores. Así, Salamanca me hacía entender que el momento de decirnos adiós había llegado, ese era el momento justo. Simplemente me sugería que todo tarde o temprano termina. Lo malo, lo bueno y lo genial. Ha pasado poco más de un año desde aquella mañana de invierno, hace unos seis meses tenía los billetes para volver, estaba listo, creo, para volver a llenarme los ojos de la inmensidad de su figura a orillas de río Tormes. Tenía los billetes, pero la cagué y no fui; las bromas del jodido karma. Quiero volver, pero mi agenda está petada de nombres de ciudades y países, otras ciudades y otros países. Además, seré sincero, tengo un poco de miedo, y ¿si al volver a pasear por calle Compañía todos esos años me atropellan como un tsunami mental? Si eso pasa, ¿vendrá la misma Salamanca en mi ayuda para calmarme? ¿Sabrá Salamanca hacerme feliz, otra vez?

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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