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18/08/14 Reflexiones # , ,

Mis primeros 1’000 km a dedo

Mis primeros 1’000 km a dedo

Oficialmente no era la primera vez, pero era la primera vez oficial. La primera vez fue en Argentina en 2009, ni recuerdo precisamente donde. El autobús nos dejó al borde de la carretera y un par de quilómetros nos separaban de nuestro destino. Sacamos el dedo al aire sin mucha convicción pero funcionó. Al par de días la escena se repitió: nosotros al borde de una carretera polvorienta, el sol que pegaba duro y pocas ganas de esperar el autobús. Entonces también funcionó. El año pasado en Colombia un taxi nos llevó gratis unos quilómetros más adelante. Estas fueron oficialmente las primeras veces que hice autostop en mi vida, pero no estaban previstas, fueron autostop por pereza, por pereza de andar bajo el sol, por pereza de esperar un bus.

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El primer autostop oficial, o sea, buscado, querido, e, incluso, organizado llegó más tarde, hace poco más de dos meses.

“¿Qué vais a hacer dedo en los Balcanes?” “¡Vosotros estáis locos!” “Y ¿si os roban, raptan, violan, matan?” No tenía ninguna experiencia haciendo dedo, pero había leído las historias de muchos mochileros que viajan de esta manera. A ninguno no le había pasado nunca nada. Nunca-nada. ¿Será posible? ¿Justo nosotros íbamos a topar con los automovilistas violadores y asesinos? Naaaaa… no tenía ni puta idea de lo que era hacer dedo, pero estaba seguro de que nadie nos iba a violar, más bien tenía mucha curiosidad por ver si de verdad montarse en el coche con un desconocido era tan guay como lo pintaban otros viajeros.

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Nuestros pulgares entraron en servicio el seis de junio de 2014. Con un tranvía cruzamos Sofía y después de dos paradas más en autobús llegamos a las afueras de la ciudad. Un pequeño aparcamiento polvoriento al lado de la carretera era el punto que encontramos en hitchwiki.org. Rosana no estaba demasiado convencida – por usar un eufemismo-, yo estaba a cien. Dejamos las mochilas, sacamos la hoja con escrito nuestro destino “SKOPJE”. Tinta roja y una firma con fecha en la esquina; en el fondo también Rosana sabía que iba a ser un día especial. Pulgares apuntando al cielo búlgaro y dos sonrisas de oreja a oreja; no lo habíamos hecho nunca, pero teníamos en la cabeza los consejos de los expertos. El dedo es un símbolo, el cuerpo el mensaje, la mirada la clave. Un coche, dos coches, cinco minutos, diez minutos…trece minutos y paran dos coches, nos zambullimos en el Mercedes negro que para primero. Difícil olvidar el momento en que el tío bajó la ventanilla y me dijo que iba a Skopje. ¡BAM! Nos íbamos a comer los 230 quilómetros del tirón, ni trasbordos ni ostias. Antes de subir se me escapa una mirada a Rosana, un “¡Te lo dije que iba a salir bien!” tácito pero claro como el agua. Pero las sorpresas no habían acabado. Yordan de profesión era futbolista y no violador; era simpático y no intentó vender nuestros órganos en el mercado negro. Yordan no solo nos acompañó hasta Macedonia y no nos robó, sino que en cuanto llegamos a Skopje nos invitó a una parrillada y a un par de cervezas…y suerte que tenía entrenamiento esa misma tarde, si no las cervecitas iban a ser unas cuantas más.

autostop

Mismo viaje, nuevos autostop

Con Jeff cruzamos a Kosovo y un futuro piloto de la aviación montenegrina nos llevó de Budva a Kotor. Dos hippies franceses nos salvaron de un temporal en Kotor y con sus tres perros visitamos Dubrovnik bajo la lluvia. El chef Alec nos acompañó hasta su hotel en Orasac y un hombrecillo que no hablaba inglés –ni español o italiano, alemán, portugués, francés o el dialecto de mi pueblo- nos dejó literalmente en el medio de una autopista cerca de la salida por Opuzen. De Luc y Elodie hablaré en otro post, esta es una chispa de las mías. Con ellos entramos en Bosnia, visitamos Mostar, tomamos cervezas y dormimos en su camper. Dos trabajadores bosnios nos cargaron el maletero de su mini furgoneta llena de arena y nos condujeron a buen paso, cuesta tras cuesta, hasta Sarajevo. Un joven croata me dijo sin problemas que si no hubiera estado Rosana a mi lado no me habría recogido, Miha nos depositó en nuestro último país del viaje, Italia, y desde ahí hacer dedo se nos complicó. Pero conseguimos hacer los últimos –de momento- 170 km en autopista, superando incluso la vergüenza de pedir un pasaje en un autogrill.

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Desde el aeropuerto de Venecia seguimos en tren, es verdad. El tiempo tampoco ayudó, hay que decirlo. Soñaba con entrar en Suiza montado en el coche de un desconocido que me preguntaba por nuestras rutas y nuestras aventuras. Pero creo que 1’057 km, un tercio de todo el Balkans Never Alone, pueden bastar de momento. Poco más de 1’000 km con 13 coches distintos, no hubo robos ni otras tragedias, solo muchas risas, charlas y momentos por recordar. La aventura en autostop acaba de empezar.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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