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Países Bajos

07/08/13 Países Bajos # ,

Ámsterdam: el legado provo al alcance de la vista

Ámsterdam: el legado provo al alcance de la vista

“Provo se da cuenta de que abandonará al fin, pero no puede pasar por alto la oportunidad de probar, al menos con una alternativa más cordial, el provocar a la sociedad.”
(sacado del “manifiesto” Provo)

 “I keep on making what I can’t do yet in order to be able to do it”
(Vincent Van Gogh)

Eso de tener que descubrir el mundo con limitados recursos económicos hace que la preparación del viaje se convierta ella misma en una aventura. ¡Y lo que se hace para ahorrar un par de duros! En este tipo de viajes no vale la ley física que dice que “la forma más rápida para llegar de A a B es la línea recta que une  los dos puntos”. Esta es la forma más rápida y sencilla, pero casi nunca la más barata. La norma mochilera dice que “la manera más barata para llegar de A a B es un interminable zigzag con consiguiente subida y bajada continua de medios de transporte”. Así pues, una vez más, tenemos que olvidarnos de la física y de la ruta Salamanca-Madrid-Ámsterdam. Nuestro recorrido será: Salamanca – Valladolid (y de ahí al aeropuerto) – Charleroi (y de ahí a la estación de trenes) – Bruselas – Ámsterdam…Además, a todo eso hay que sumarle los cálculos astronómicos necesarios para hacer coincidir todos los horarios.

¡Pero al final llegamos!

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Esta es mi segunda vez en Ámsterdam, ya había estado hace unos cuantos años para celebrar Nochevieja con seis colegas cuando teníamos dieciocho añitos. Total, de ese primer viaje no me quedan muchos recuerdos y son más bien borrosos…

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Como este año he estado dos veces en Bélgica, ya estoy acostumbrado a estas Venecias del norte que parecen tener que abrirse en miles de minúsculas islas, si no fuera por todos los puentecillos que hacen de unión en estas magnificas ciudades acuáticas. Este es el primer elemento que llama la atención cuando llegas aquí, eso y el frío que a finales de noviembre pega ya bastante. Otra particularidad de la ciudad que notas enseguida son las bicicletas. ¡La bici es la verdadera e indiscutible reina de Ámsterdam! Nuestros escasos carriles bicis no soportan la comparación con los de aquí o con los semáforos sólo para ciclistas. “Watch your step” debería ser el lema debajo de las tres grandes X del escudo. Andas tranquilamente por las calles del centro, así, con la cabeza en las nubes, admirando una que otra casita, cuando te pasa a unos centímetros un tío en bici que parece estar corriendo la París-Roubaix. En Ámsterdam no tienes que temer robos o atracos, sino esperar no morir atropellado por algún ciclista.

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Personalmente, no suelo tener miedo cuando visito una ciudad, además creo que el miedo se “huele” y atrae los problemas. Llevo unos años viajando y nunca me ha pasado nada. Lo digo tocando madera, eso sí, pero creo que depende mucho también de cómo visitamos un lugar. Voy a cualquier sitio, pero siempre con cabeza, diría. La cámara, lo único realmente de valor que suelo tener conmigo, intento no llevarla como un trofeo,  pero eso no me ha impedido nunca sacar los fotos que he querido. De todas formas, el centro de Ámsterdam me ha dado la impresión de ser muy seguro. Un par de días volvimos al albergue por la noche y nunca he tenido malas sensaciones. Repito, lo que sí me daba miedo, eran los Ghost Riders:  dueños de la  calle en bici, sin luces.

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Ámsterdam es una capital relativamente pequeña, tiene unas 500’000 bicis…ehm, pardon! Quería decir unos 700’000 habitantes. El centro se puede visitar a pie sin ningún problema (así de paso haces ejercicio y te ahorras el dinero de los transportes públicos que son una pasada). La parte más llamativa y fascinante es sin duda el Barrio Rojo, en pleno centro, donde las chicas ofrecen sus servicios mostrándose en los escaparates. De todos modos, no creo que su atractivo se deba a los escaparates en sí, sino a los colores: al rojo de los cuartos de las chicas y a los neones de los sitios de espectáculos eróticos, de los bares y de las tiendecillas. Estos colores fuertes, resaltan en la oscuridad de la noche: las calles del centro están muy poco iluminadas y pasear por ellas me ha trasportado atrás en el tiempo, era como estar en los callejones oscuros y chungos de la Londres victoriana con Jack el Destripador. Pero sin la sensación de chungo, ni el Destripador.

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El otro lugar por excelencia que llama a millones de turistas todos los años es el Coffee shop, donde en vez de tomarte una cerveza te puedes relajar fumando un porrito. Visto que a mí y a mi compañera de viaje nos va más la cerveza que la marihuana, sólo entramos en uno una tarde para tomar un té y comer un muffin…aliñado. Pero, ¿de dónde viene esa atmosfera liberal y eco-friendly que se respira en Ámsterdam? Permitidme una brevísima digresión de historia social. Eso se debe, en parte, a las hazañas de un movimiento de contracultura que encendió plaza Spui como una chispa que salta de la hoguera. Eran los sesenta y los Provos, con sus acciones provocadoras, consiguieron dejar una huella muy profunda en mentalidad de la ciudad. Precursores del movimiento ecologista, fueron los primeros que promovieron el uso de la bici y motores involuntarios del sistema de servicio de bicis gratis que se ha difundido hoy en día en toda Europa. Y fue también gracias a los provos que se empezó a legalizar el consumo de marihuana. El grupo tuvo una vida muy breve y no existe mucha bibliografía sobre el tema, pero están detrás de algunos de los clichés de la Ámsterdam que conocemos hoy.

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Además de la Ámsterdam más callejera existe una oferta muy interesante (y muy cara) de museos de todo tipo. Aunque nosotros optamos más por la parte monumental, enfrentándonos al frío y al viento, una mañana la pasamos en el Hermitage. Después de atracarnos en la entrada (¿o los 17.50 euro que nos sacaron eran para el billete?) vimos dos exposiciones: Vincent – una selección de cuadros del atormentado pintor holandés-, e Impressionism: Sensation & Inspiration – un breve recorrido a través del movimiento impresionista con cuadros de Monet, Renoir y Cezanne, entre otros.

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Entre un muffin y un cuadro de Van Gogh, llegamos al final de nuestro viaje al norte. Así, aunque la parte monumental de la ciudad no es, en mi opinión, muy…monumental, merecen unas fotos la Nieuwe Kerk, la Oude Kerk y añadiría también el edificio de la estación central. Pero el encanto de Ámsterdam es otro, es la atmósfera que se crea cada noche en el Barrio Rojo y esa sensación de libertad y trasgresión que te atrapa entrando en un Coffee shop, son los canales con sus pequeños puentes y el arquitectura típica de estas regiones. Es la oscuridad de las calles del centro. En fin, visitar la ciudad a finales de otoño también tiene sus peculiaridades: las pocas hojas amarillas y pardas que resisten en los arboles esqueléticos y la cantidad de ellas que pisas como si de una alfombra se tratara.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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