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Junio 1, 2016 at 11:00 am

La danza sagrada de los derviches danzantes

La danza sagrada de los derviches danzantes

La ceremonia de los derviches hipnotiza al público y lo acompaña en el camino místico hacia el Perfecto, hacia Dios y el éxtasis. La danza rotatoria, lejos de ser un mero espectáculo, se transforma en un conjunto armonioso de religión y arte que sobrepasa los dictámenes de una sola fe para abrazar a la humanidad entera. 

 

“There is only one religion, the religion of love
there is only one race, that is the human race
there is only one god, he is omnipresent, omniscient and omnipotent”
[Rumi Mevlana] 

 

Se apagan las luces. La procesión silenciosa entra en la sala. Uno por uno, los hombres se arrodillan formando un semicírculo a la izquierda de la figura negra. Los músicos toman asiento detrás de sus instrumentos y, de repente, una voz poderosa llena el Mevlana Cultural Center de Konya. Acaba de empezar el último día del Mystic Music Festival y hoy les toca a los derviches.

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Los derviches son una hermandad religiosa fundada en Konya – desde siempre, fortín islámico de Turquía– alrededor del siglo XII. El fundador y padre espiritual del grupo fue Jalāl al-Dīn Rūmī, más conocido como Rumi Mevlana, filósofo, clérigo y poeta místico persa. Los derviches nacen dentro del islam y su filosofía de vida los lleva a emprender una existencia humilde y ajena a los bienes materiales. Este estilo de vida se remonta a la dimensión mística del Islam, el sufismo, donde la búsqueda divina pasa a través de la famosa danza rotatoria. A pesar de que a menudo, hoy en día, los grupos de derviches estén formados por simples bailarines, es todavía posible asistir a ceremonias auténticas que siguen los preceptos originarios. La sema, el viaje místico, se compone de siete momentos concretos que llevan al derviche hacia el éxtasis y el encuentro con Dios.

derviches

Lentamente el grupo toma vida. Los 27 derviches se levantan y uno por uno se acercan al pir, el hombre de capa negra. El ritmo del rito es solemne.  La espera aumenta la tensión en las gradas. Terminada la vuelta de reverencias, los danzantes se deshacen de su abrigo como liberándose de las penas del mundo, de los pesos terrenales. El largo traje blanco que llevan trae algo de luz dentro del teatro. Se respira aire de víspera. Se acerca el gran momento. Con gestos sinuosos los derviches empiezan su danza sagrada. El ritmo de las vueltas aumenta y toda la sala es trasportada por el ligero revoloteo.

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Como peonzas humanas, los derviches hipnotizan al público y refuerzan su conexión ultraterrena.

Un brazo estirado hacia abajo y el otro apuntando al techo. Así los derviches crean una conexión entre tierra y cielo, entre el mundo de los mortales y el de Dios. Cada momento está acompañado por la orquesta y el canto. Luego, con la misma gracia que había arrancado el movimiento circular, el grupo se apaga. Los derviches retoman la postura inicial en semicírculo. A las órdenes del maestro de ceremonia, vuelven a empezar las reverencias. Cambia la luz que ilumina el salón y vuelven a empezar las piruetas armoniosas. Como peonzas humanas, los derviches hipnotizan al público y refuerzan su conexión ultraterrena. Luego, otra pausa, y nuevamente a girar. Con un pie se empujan y con el otro se fijan ligeros al suelo. Cabeza, brazos y tronco no se mueven ni un milímetro, el espectáculo es grandioso. Los danzadores diseñan círculos que confunden. El ritual se repite una y otra vez durante un tiempo indefinido.

derviches danzantes

Acabada la danza, los derviches vuelven a su postura inicial, arrodillados al lado de la figura negra. La música se va atenuando, la voz que ha guiado toda la ceremonia cierra con una plegaria que abraza al público musulmán. Una sensación de paz nos devuelve a la realidad. El pir vuelve a cruzar la sala a paso lento. Uno por uno los derviches retoman la salida. Se van los músicos, se acaba el canto. Se vuelven a encender las luces.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

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