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diciembre 2, 2014 at 11:36 pm

Reflexión sobre el viaje

Reflexión sobre el viaje

Partir es doloroso. Partir es extraordinario. Es melancolía, es felicidad pura
Andrea Semplici

Bien entrados en el último verano que nunca arrancó de verdad, la ruta me devolvió a mi pueblo natal, en Suiza. Cinco meses a la espalda y en el horizonte otro más antes de volver a salir de viaje. El calor del hogar me confunde y me atrapa y, de vez en cuando, se me olvida que hace nueve años que no paso tanto tiempo en casa. Es también la primera vez desde 2006 que no tengo otra casa, otra rutina. Pero pronto empezará un nuevo viaje y hoy más que nunca reflexiono sobre el sentido del viaje, sobre su fuerza revolucionaria y sobre el atractivo irresistible que ejerce sobre mí. Pienso en el poder curativo implícito en su propia naturaleza. 

Viajar quebranta nuestras certezas

Ya lo dije y lo repito, el viaje quebranta nuestras certezas, cambia el sentido de conceptos como “normalidad” y “lógica”, verdaderas fortalezas desde donde defendemos seguridades e ideas, justificamos acciones y actitudes. Viajar desgarra en lo más profundo de nuestro ser, lo vuelve a moldear. Baraja las cartas. El encuentro con el otro nos hace vulnerables, pero al mismo tiempo nos permite recrearnos como personas, reinventarnos y, sobre todo, crecer asimilando parte del flujo continuo de informaciones y emociones que nos inundan viajando. Somos capaces de percibir solo una parte de lo que pasa a nuestro alrededor cuando estamos allí fuera, y solo conseguimos hacer nuestra y custodiar en nuestra memoria una pequeña dosis de esta energía.

Desembarcar en un país desconocido es como renacer. Incluso aquel momento de desorientación que nos inunda ante un cartel con una lengua nueva -o el sonido incompresible de bocas desconocidas- es necesario para volver a empezar. El shock inicial llevará a la agudización de los sentidos. Una vez que hayamos vuelto en nosotros mismos, nuestros sentidos se lanzarán a la conquista del nuevo ambiente y, como por arte de magia, cada cosa tendrá el sabor de la primera vez: miraremos todo con mayor sorpresa y nos emocionaremos como un niño delante de un mundo fantástico; nos llenaremos la nariz de colores fuertes y lo ojos se empañarán de olores solo soñados. Y saborearemos la realidad con renovado entusiasmo.

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Viajar nos chupa las energías y nos renueva. El viaje se alimenta del viajero y lo guía, mientras que este último se regenera gracias a la esencia misma de su vida, a la justificación última: el viaje. Viajar es duro, supone esfuerzos y sacrificios que solo los que estén listos para dejarse algo atrás estarán dispuestos a soportar. Pero no hay que verlo como un esfuerzo penitente, un vía crucis que nos obliga a empujar el cuerpo hasta el límite extremo, sino como la voluntad que nos devuelve a nuestros orígenes y nos hace más fuertes. El viajero sale de la escena  familiar y congela cuando más puede todo aquello a lo que está acostumbrado, aislándose y sumergiéndose en lo nuevo. Durante un tiempo más o menos largo, la única cosa que importa es lo que lo rodea físicamente: parientes y amigos, viejas costumbres y certezas domésticas se bloquean en una especie de stand-by. Están presenten sin estar.

Bye Bye zona de comfort

Por tanto, para alcanzar este estado casi extra corpore hay que dejar nuestra zona de confort. Nuestro fortín, aquel lugar físico y mental donde todo o casi está bajo control y se conoce. Nada es nuevo. Estamos saturados y lo sabemos. La curiosidad, la exaltación por nuevos descubrimientos, pero también el aburrimiento provocado por la rutina cotidiana y la incapacidad -aunque solo momentánea- de disfrutar de lo que nos rodea son a menudo los impulsos necesarios. Pero dar el gran salto nos toca siempre a nosotros, y tiene que empezar por dentro. Y no es nada fácil dar ese primer pasito fuera de la puerta de casa. Da miedo salir de viaje. Siempre. A pesar de los viajes, a pesar de la experiencia, cada partida lleva consigo miedos, a veces casi angustiantes. Cada partida representa al mismo tiempo un principio y un fin. Cerrando la puerta a nuestras espaldas nos preparamos a cruzar la sutil frontera entre lo que conocemos y lo que queremos conocer. Lo hacemos físicamente, pero estamos obligados a hacerlo también dentro de nosotros mismos, para que la partida sea real. Conseguir dar ese primer paso es lo más difícil, pero quedarse demasiado tiempo en la zona de confort es mil veces peor elección. La casa, el trabajo, la horita en el gimnasio, las compras en el súper del barrio y el aperitivo siempre en el mismo local, siempre a la misma hora, constituyen la bonita burbuja de cristal en la que vivimos y donde, a medida de que pase el tiempo, vendrá a faltar el aire. No es necesario partir en mil trocitos nuestra burbuja particular, pero tenemos que acordarnos de abrir una rendija de vez en cuando, y saltar al otro lado. No nos limitemos a dar solo una mirada furtiva allí fuera, lancémonos a su descubrimiento y formemos parte de ese espacio desconocido. Vivir un momento de estable precariedad, vale mil momentos de precaria estabilidad.

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5 thoughts on “Reflexión sobre el viaje

  1. Ángel dice:

    Genial post, muy acertado en todo lo que dice!!! Trabajo viajando, siempre a una serie de lugares que son los mismos, y aún así las sensaciones del antes, el durante y el después son tal y como lo relatas. Seguid así con el blog, me encanta!!! Un abrazo, y buen viaje!!!! 🙂

  2. Jack, excelente post. Si algo aprecio del viaje es que elimina la certeza, que estimula la curiosidad, más alla de hacerte solamente vulnerable.
    Un saludo desde la “ciudad luz”

  3. Lucas dice:

    Hermoso yo estoy viajando por sudamerica conociendo todo lo que antes veía por foros o por televisión empeze hace unos.meses un trabajo que no me demanda tiempo ni presencia física todo por Internet y lo hago desde cualquier parte donde me encuentre. Te sigo leyendo gracias. Y buen viaje!!!

    1. Jack dice:

      Hola Lucas! Gracias por tu mensaje y enhorabuena por animarte a salir a conocer el mundo! 😉

      un abrazo

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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