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Noviembre 26, 2014 at 6:00 pm

Budva y Kotor: antítesis montenegrinas

Budva y Kotor: antítesis montenegrinas

Nuestra ruta por los Balcanes no podía no pasar por Montenegro. No podía porque en Internet había visto fotos muy bonitas y porque a través de su costa íbamos a llegar a Dubrovnik, uno de los destinos más deseados (y más decepcionantes) de todo el viaje. Montenegro, además, iba a regalarnos algunos días de playa y su nombre me inspiraba algo exótico, desconocido, que no podía perderme.

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Desde Pristina el autobús se eleva entre las montañas y si la carretera no ayudó a conciliar el sueño, tampoco lo hizo el ajetreo de los pasajeros que iban subiendo y bajando en las diferentes paradas, y a los que parecía darles igual que viajáramos en plena noche. Y como siempre, cuando por fin perdimos los sentidos y caímos en el mundo de los sueños, se encendió la luz y las puertas dejaron entrar un airecito que habría resucitado a un muerto. Finalmente, después de trasbordar en Podgorica a las cinco de la madrugada, nos montamos en otro autobús rumbo a Budva, en la costa.

Estas pequeñas molestias hay que aprender a tomárselas con filosofía, porque cuando menos lo esperas el viaje te recompensa con momentos inolvidables. Eso pasó cuando Montenegro desmintió su nombre para presentarse ante nuestros ojos con un verde magnifico. Unas curvas más y este espectáculo de árboles y montañas se completó con la presencia del mar. Allá, al fondo, nos esperaba Budva.

Budva una mentira de postal

Budva tenía que haber sido un pueblo muy bonito antes de ser bombardeado durante la guerra; pero hoy, el centro histórico amurallado que se lanza al mar reluce tanto que parece de mentira. Sigue siendo bonito, pero la reconstrucción ha quedado tan perfecta y “limpia” que nada entre las estrechas callecitas huele a historia y pasado. Porque – como dijo un día Tiziano Terzani – a las cosas nuevas les falta esa carga de historia que, siempre, añade pathos. El sinfín que tiendas de recuerdos no hacen sino recargar esa primera sensación. La Budva de las postales es ésta: una pequeña fortaleza rodeada por dos tercios por las aguas claras del Adriático. Mejor en foto que en la realidad.

 

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Siguiendo la costa con la mirada aparece otra faceta de esta ciudad, la de la explotación turística del paisaje, una violación edil en plena regla que está desfigurando Budva. Altos hoteles que no tienen nada que compartir con la belleza del mar y de las colinas verdes a sus espaldas. Pero Budva es uno de los destinos favoritos de los nuevos rusos: un turismo de familias y parejas a los que les faltará el estilo, pero sin duda, no la pasta. Por un lado están los rusos que se gastan el dinero en restaurantes y tiendas, por el otro, sus compatriotas que invierten en la construcción de los feos hoteles que acogen a los primeros. Esta zona de Montenegro es el ejemplo negativo de la llegada masiva y repentina del turismo. Montenegro abrió sus las puertas al turismo sin saber cómo gestionarlo. La zona de la playa parece una gran obra a cielo abierto: hoteles por terminar, restaurantes cerrados y a medio hacer, y basura. Mucha basura en los canales que entran al mar, basura cerca de la playa y ahí donde menos debería haber…

Kotor es una perla

Kotor dista 30 km de Budva. La suelen llamar el fiordo más meridional de Europa, aunque técnicamente no sea un fiordo. Poco importa. Kotor es una perla encajada en la montaña, toda una geografía se puso en su defensa, pero la historia y, sobre todo, el hombre, consiguió herirla y rajarla en profundidad. La misma guerra que derrumbó Budva marcó Kotor. También en este caso el centro histórico no es una fiel reconstrucción del original, sin embargo, hay algo en Kotor que Budva no tiene. Pasear por las calles de piedra clara sabe más a autentico. La vieja muralla que resistió al tiempo y a las bombas sigue rodeando la ciudad en un abrazo materno. Y no es difícil meterse en un bar para escaparse del calor sofocante del mediodía y tomar una Niksiçko en compañía de algún montenegrino. Los turistas acuden al pueblo, pero la falta de verdaderas playas frena en parte la invasión. Aquí atracan los barcos de los cruceros y algún que otro yate  privado. Los rebaños numerados bajan detrás de una sombrilla coloreada y se aprietan por las estrechas vías del centro. Más o menos interesados, escuchan las explicaciones de su guía, sacan unas fotos, siguen hasta el punto sucesivo y sin casi darse cuenta se vuelven a encontrar en el bar del inmenso barco, listos  para zarpar hacia la próxima etapa.

Este tipo de turismo, si bien pueda ser un poco molesto para otros viajeros, en su misma naturaleza conserva un regalo para nosotros: la paz después de la tempestad. Por la tarde, cuando el sol pierde intensidad, el aire está batido por la llamada de las sirenas listas para evacuar la bahía. Entonces, la ciudad se vacía y vuelve a pertenecer a sus habitantes y a los pocos forasteros que pasarán la noche entre sus murallas. Ahí es cuando Kotor alcanza su máximo esplendor, con las farolas encendidas en los callejones desiertos. Cuando, vista desde el puerto, los restos de la muralla iluminada acogen al pueblo trepando por la colina; como para proteger Kotor de las masas de turistas, como para demostrar que Montenegro, a veces, sabe gestionar el turismo que recibe.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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