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Septiembre 23, 2014 at 1:01 pm

Pongamos que hablo de Salamanca: Caballerizas

Pongamos que hablo de Salamanca: Caballerizas

Imágenes de una vuelta

Creo que Caballerizas es un buen sitio para ordenar las primeras emociones de esta vuelta íntima; la primera a Salamanca. Esta cueva, donde cerebros cansados de poesías y letras apaciguan su sed y vuelven a ponerles sonido a cotilleos y pensamientos reprimidos en la biblioteca de Anaya, me ayuda a volver a arrancar la máquina de la memoria. Las imágenes fluyen bajo la bóveda oscura.

Hoy se distinguen claramente la música y el clic metálico de la caja registradora. A principios de septiembre no hay que luchar por una mesa o una de esas sillitas a ras del suelo que complican terriblemente cualquier movimiento en otras épocas del año. Uno se puede incluso ahorrar las plegarias para que todavía quede alguno de  esos riquísimos pinchos de jamón y tomate en la barra. Y no es poco. Sin embargo, en mi cabeza, el bar está lleno, la barra atiborrada de gente esperando su turno, los camareros esquivándose el uno al otro y el suelo lleno de servilletas (aquel curioso y totalmente ibérico sinónimo de calidad).

Caballerizas es un cuarto de sombras indefinidas que retoman forma cuando el sol se aparta por fin de los ojos cegados de los nuevos clientes. La baja arcada de ladrillos rojos recuerda la cueva oscura en la que recitaban su libertad los poetas muertos. ¡Oh Capitán, mi capitán!

Caballerizas es el camarero calvo, el de los chistes guarros, el viejo callado que te quita la taza de café antes de darle el último sorbo y los dueños que se toman una caña con unos viejos habituales en un momento de calma.

Salamanca custodia esta antigua perla con discreción. Los turistas con los ojos llenos del Palacio de Anaya y de las Catedrales, pensativos tras el encuentro con el astronauta, se dirigen sin dudar al  callejón que conduce al Huerto, desconocedores de estar dando la espalda a nuestra cafetería. Ellos se lo pierden. Charros y salmantinos de adopción, en cambio, saben que siempre encontrarán algún compañero repasando unos apuntes o tomándose algo.

Caballerizas, los fogones de Anaya; y lo saben (¡lo sabemos!) todos los que vivieron durante un tiempo de novelas y libros, charlas en el Aula Magna y fotocopias en el sótano. Caballerizas, aquel lugar  donde las sutiles fronteras entre profe y alumno se afinan, donde no hace falta entrar acompañados para tener compañía.

Me pido otra cañita y mientras doy un mordisco a mi pincho de jamón y tomate en el silencio del local me dejo llevar por los recuerdos y de repente están todos ahí: viejos compañeros de clase, profes y caras familiares. La gente atiborrada en la barra esperando su turno, los camareros esquivándose el uno al otro…el suelo lleno de servilletas.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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