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Septiembre 26, 2014 at 1:01 pm

El Huerto de Calixto y Melibea

El Huerto de Calixto y Melibea

 Pongamos que hablo de Salamanca: imágenes de una vuelta

Dulces árboles sombrosos,
humilláos cuando veáis
aquellos ojos graciosos
del que tanto deseáis.
La Celestina
Fernando de Riojas

 

Tómate tu tiempo, viajero. Si bien Salamanca es juventud en fiesta y botellones furtivos, no faltan céspedes sombríos y frescas esquinas. Con el calor inclemente del sol del mediodía, así como bajo las farolas que empiezan a pintar la ciudad de aquel mágico amarillo, hay que frenar el paso y gozar del silencio del viento o de las notas de una armónica.

Poned, mozos, la escala y callad, que me parece que está hablando mi señora de dentro. Subiré encima de la pared y en ella estaré escuchando por ver si oiré alguna buena señal de mi amor en ausencia.

Uno de estos lugares de descanso salmantinos es el Huerto de Calixto y Melibea. Situado en el casco antiguo de la ciudad, a pocos pasos de la entrada de la vieja catedral, este jardín parece querer mantenerse alejado del jaleo del centro. El huerto fue inaugurado y abierto al público en el 1981 y se conoce por ser un lugar central en la primera novela en lengua española, La Celestina, escrita en 1499 por Fernando de Rojas, ya estudiante de la Universidad de Salamanca. Desde un punto concreto, el huerto es flores rosas y blancas, hojas verdes y frutos amarillos, puntas góticas y una cúpula que le roba el color celeste al cielo.

Vístanse nuevas colores
los lirios y el azucena;
derramen frescos olores
cuando entre por estrena.

Colgado del antiguo pozo falta el único candado que debería estar, me lo imagino: “C+M (1499)”. De vez en cuando el ayuntamiento los arranca, pero la moda y las hormonas terminan ganando. Porque sí, aunque yo no quiera pasar por viejo gruñón, el huerto que antaño fue de Fernando de Rojas ahora es un poco también de Federico Moccia. Las palabras de la Celestina que desde una esquina del huerto acogen al visitante, al  curioso y al enamorado: “soy una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Si bien o mal vivo, Dios es el testigo de mi corazón.” comparten la sombra de los árboles con citas de amores modernos y al puro estilo sms.

Entrando Calisto en una huerta en pos de un halcón suyo, halló allí a Melibea, de cuyo amor preso, comenzole de hablar.

Calisto se enamora de un flechazo de Melibea, que lo rechaza. Éste, decidido a conquistarla, pide ayuda a la vieja Celestina, prostituta y alcahueta, que gracias a su labia  consigue que también Melibea caiga en las garras de Cupido. Este amor trágico a la manera de Romeo y Julieta causará muertes y sufrimientos. El trágico desenlace verá morir a los enamorados, primero Calisto resbala saltando de una ventana, luego Melibea cederá al dolor suicidándose.

¡Oh Calisto y Melibea, causadores de tantas muertes, mal fin hayan vuestros amores! En mal sabor se conviertan vuestros dulces placeres; tórnese lloro vuestra gloria, trabajo vuestro descanso; las hierbas deleitosas donde tomáis los hurtados solaces se conviertan en culebras; los cantares se os tornen lloro; los sombrosos árboles del huerto se sequen con vuestra vista; sus flores olorosas se tornen de negra color.

Hacia el sur, el huerto se apoya en la antigua muralla de Salamanca; en el horizonte la “ciudad nueva”; más allá, la meseta castellana. Pero hay que centrarse en lo que hay dentro, llenar las pupilas con los colores de las flores y gozar de la calma que todo el lugar rezuma. Aquí en el huerto hay que ralentizar, hacer descansar el ánima.

Alegre es la fuente clara
a quien con gran sed la vea;
mas muy más dulce es la cara
de Calisto a Melibea.

Hace unos años, en universo mucho más personal, el Huerto fue salón de comidas en compañía, de tuper y bocadillos de Caballerizas. Fue un año y nunca más. Poco importa, mientras quede en la memoria de los que participaron. Nosotros habíamos leído La Celestina, no dejamos dedicatorias de sms y nunca pusimos ningún candado.

Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes cómo huyen, oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más suave murmurio zurrío lleva por entre las frescas hierbas!

Por la calle no hay nadie, es el momento sagrado de la siesta. Comparto el huerto con un par de parejas y la armónica de un músico callejero sigue acompañado mi paseo y mis recuerdos como el sueño de una banda sonora personal. Una música anacrónica.

¡Oh mezquino yo, y cómo es forzado, señora, partirme de ti! Por cierto, temor de la muerte no obrara tanto como el de tu honra. Pues que así es, los ángeles queden con tu presencia.
Mi venida será, como ordenaste, por el huerto.
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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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