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enero 27, 2014 at 3:52 pm

Curon Venosta: el pueblo sumergido

Curon Venosta: el pueblo sumergido

Este post no lo tenía programado. Ha surgido así, de forma del todo repentina, pero segura. Estaba disfrutando de un momento de pleno relax tirado en el sofá leyendo los relatos de viajes que el Marco Polo calviniano le hacía al emperador Kublai Kan y de repente mis pensamiento han empezado a viajar recordando otros lugares y otras historias.

Quizá lo efímero de las ciudades descritas en el libro – Las ciudades invisibles (1972) – me ha hecho recordar un lugar que existe por haber dejado de existir. Más real que las ciudades de Calvino, pero igual de misterioso y fascinante, el antiguo pueblo de Curon Venosta es uno de los sitios más curioso que he visitado, si así podemos decir. En realidad, dicho pueblo, ya no se puede visitar, porque sus casas, sus calles y sus plazas, aunque sigan ahí, ya no se ven, escondidas por el azul oscuro de las aguas de un lago artificial.

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Curon Venosta era una localidad de montaña en el verde Valle Venosta, en Trentino-Alto Adige. Era, sin duda, una tranquila localidad de montaña donde la vida de la gente seguía el ritmo de la naturaleza y las estaciones. Esto, por lo menos, hasta el 1949, año en el que el gobierno terminó un proyecto empezado en 1910 pensado para aumentar la producción de electricidad en el país. La condena a muerte había sido anunciada: Curon Venosta iba a desaparecer. A pesar de las animadas y encendidas protestas de la gente de la región, el día 28 de agosto de 1949 se inauguró el nuevo dique y se ahogaron las casas, las calles y las plazas del pueblo; y con ellos se ahogaron años de historias populares. El pueblo fue reconstruido más arriba en el valle, pero el Curon Venosta original ya no existía. Para ser sinceros, no todo el pueblo desapareció debajo de las aguas del nuevo laguito artificial. Como a querer recordar el pasado, el campanario de la vieja iglesia, demasiado alto incluso por los ingenieros del proyecto, es el único testimonio todavía visible del pueblo. En el ambiente idílico de la Val Venosta, en el medio del lago como antes en el medio del pueblo, el reloj de la torre sigue marcando la hora, impertérrito, como si todavía pudiera pasar algún curonese, pedaleando en una vieja bici Gazzella, con la cabeza levantada hacia el cielo para leer la hora.

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Esta es la historia del pueblo de Curon Venosta y del lago que lo custodia. Si pasáis por ahí, un bonito y plano paseo rodea por completo el lago y unas placas cuentan toda la historia (desde luego, más exhaustivamente de cómo lo he hecho yo) con fotos y dibujos de cómo se presentaba la zona a los ojos de los viandantes antes de aquel triste agosto de 1949. En invierno, cuando el agua del lago se congela, es posible llegar a la torre andando.

***

Me enteré de la historia de Curon Venosta y del Lago de Resia gracias a otro libro, Le vie nascoste. Tracce di Italia remota (Gianmarino Editore, 2011). Antonio Mocciola autor de la obra, recopila una serie de pueblos – y ex pueblos, si me pasáis el termino -, diseminados por todo el territorio italiano, desde el norte más norte, como en el caso del Lago di Resia, hasta el profundo sur. Algunas de las señalaciones del autor son de verdad muy interesantes y merecerían una visita. Hay pueblos construidos en la roca, pueblos cuevas, antiguos pueblos de minadores abandonados y así sucesivamente. Un libro poco conocido, pero totalmente aconsejado.

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Porque de una excepción se trata…

Debía de ser agosto de 2011 cuando con mi familia llegamos al campanario. No suelo escribir sobre lugares que visité hace mucho tiempo, tampoco me gusta hacerlo. Los detalles de la visita si pierden con el paso del tiempo y se corre el riesgo de escribir más sobre la idealización del lugar que tenemos en la cabeza que no sobre el lugar que realmente vivimos y vivimos. Esta representa una excepción, no porque los recuerdos de ese día sigan intactos en mi cabeza, mentiría diciendo eso, sino porque llegaron a mí con tanta fuerza que no me atreví a no dedicarles unas líneas en Libertad Viajera.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

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