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agosto 7, 2013 at 10:32 pm

Crónica de unas aventuras en autobús. Primera parte

Crónica de unas aventuras en autobús. Primera parte

Recuerdo haber visto en la tele o en internet autobuses en la India atiborrados de personas o gente apretada como sardinas en el metro japonés. Sin embargo, nunca he relacionado esas imágenes con América; hacerlo me habría ayudado por lo menos a prepararme mentalmente. Coger un bus en Nicaragua es una lucha y una experiencia nueva cada vez.

Como en muchos otros países también aquí hay diferentes tipos de buses: internacionales – de buen nivel-, nacionales – malos y que se caen a cachos- y urbanos – algunos buenos, otros menos-. Sin duda la verdadera esencia  busera  nica se encuentra en los últimos dos tipos, pues, de mis primeras aventuras en ellos va este post.

Crónica de unas aventuras en autobús. Nicaragua

Un montón de gente

Para ir al Barrilete, la escuela donde trabajo, tengo que coger dos buses. Así, para saber qué línea era la mía y dónde habría tenido que bajar, el domingo antes de empezar fui a hacer el recorrido acompañado por Marco, un vecino de casa nica. Marco me dijo cuales líneas me llevarían hasta el punto en que tenía que cambiar; nos subimos a uno y nos sentamos, y una vez en la parada de cambio bajamos y fuimos a buscar el otro autobús. Todo bajo control. De vuelta a casa yo estaba muy contento por saber cómo llegar a la escuela; además sólo tardaba unos veinte minutos. ¡Pobre ingenuo de mí! Cuando llegué a la parada el lunes por la mañana me encontré en un campo de batalla, y sin las armas para defenderme. A pesar de que los buses pasan continuamente, llegaban llenísimos y se iban aún más llenos con los conductores que paraban cada diez metros para recoger más y más gente. Después de un rato de incredulidad y esperando desesperadamente una línea un poquito menos llena, respiré hondo y me subí a una sin pensarlo más. Una vez dentro te das cuenta de que tienes tres opciones: sentarte (imposible  casi a cualquier hora), estar de pie agarrado a la barra encima de los asientos (todo un juego de codazos y empujones discretos, muy difícil) o entrar en el pasillo. Si entras en el pasillo puede que salgas meses después con la barba larga y casi ciego por la falta de luz. Yo lucho todos los días por un huequecito da pie agarrado a la barra justo al lado del conductor porque bajo después de pocas paradas. Pero ese maldito lunes me dejé empujar en el pasillo y conseguí bajar milagrosamente solo un buen rato después de mi parada, con consiguiente paseo de vuelta bajo el sol; obviamente llegué tarde al trabajo.

Moraleja: si entras en el pasillo llévate agua, comida y una antorcha.

***

Un accidente

Que quede claro: los conductores de bus son unos locos. No es raro que ocupen dos carriles y se pongan a hablar entre ellos por las ventanillas conduciendo o que improvisen pequeñas carreras. Las primeras veces flipé, luego uno se acostumbra. El número exagerado de personas en el bus y el estilo que conducir de los conductores me ha hecho pensar a menudo en que si tuviéramos un accidente no pasaría nada porque estaríamos tan apretados que no nos daríamos ni cuenta. Así pues, un día que parecía que estábamos jugando a un enorme twister vertical – con manos, piernas, cabezas que se entrecruzaban y aparecían por todas partes sin saber a quién pertenecían- tuve la mala idea de compartir con mi compañera de viaje ese pensamiento del que hablaba arriba: “Mira, hay tanta gente que si chocamos no nos vamos a hacer nada”. Luego, la muchedumbre me alejó de ella. Al poco tiempo oigo un ruido de metales y la gente gritando. La profecía se había cumplido: le habíamos entrado por detrás a otro autobús y como pensaba casi no nos dimos cuenta. No quiero imaginar la cara de mi amiga, pero al bajar no tardó mucho en llamarme gafe.

Moraleja: incluso tener que rozar e intercambiar sudores con un montón de desconocidos tiene cosas buenas; a veces.

***

Un techo

Hace poco me fui con dos amigos a pasar el fin de semana a Estelí. En tan solo tres días el autobús nos regaló toda una serie de momentos “especiales”. Después del accidente que acabo de contar y a casi cuatro horas apretados en el bus rumbo al norte, nuestra suerte todavía no se había agotado. Un día alquilamos unas bicis en el albergue para ir a ver el Salto Estanzuela –una cascada guapísima-, pero a la tercera vez que se me cayó la cadena decidimos bajar y empujarlas. Este es sólo un ejemplo de nuestra relación con los medios de transportes. Pero volvamos a los buses. El domingo pasamos el día en una reserva natural en la montaña. Incluso ahí, lejos del centro urbano, el bus estaba al tope. Tanto que el viaje de vuelta nos tocó hacerlo en el techo, entre sacos de tomates, gallinas y un grupo de adolescentes verborrágicos. Al asiento al aire libre hay que añadirle la comodidad proporcionada por la baca de hierro y el estado de la carretera. Además, fue en el techo del bus donde me estrené en la divertida actividad del “esquivamiento de ramas”, un interesante deporte rural nicaragüense al que decidí participar con seriedad y aplomo tras la primera ramada asesina que casi me parte una oreja.

Moraleja: nunca sabes lo que te espera en un autobús…uhm, perdón, encima de un autobús.

Crónica de unas aventuras en autobús

***

En fin, algo me dice que estos son tan solo los primeros relatos de los buses nica y que no tardaré mucho en vivir nuevas y emocionantes aventuras buseras que ahora no puedo ni imaginar.

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Jack

Amante de la comida callejera, los autobuses incómodos, las carreteras polvorientas y los colchones en el suelo; amante de todo lo que está al otro lado de la ventana. Amante del mundo y de la buena compañía.

Me llamo Jack y en este espacio virtual comparto emociones reales.

El ojo detrás de la cámara, los dedos que teclean, la mente que, a veces, piensa: todo eso me pertenece; así como los derechos sobre los textos, las fotos y las informaciones publicadas en Libertad Viajera.

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